Prólogo
En la primavera de primero de
secundaria, tuve por primera vez una novia.
El período de relación fue de,
aproximadamente, un mes y medio.
Aun ahora, unos siete años
después de aquello, los recuerdos de los días que pasé con ella siguen pegados
en lo más profundo de mi cerebro. Aunque quisiera olvidarlos, no puedo hacerlo
con facilidad.
En el gimnasio donde se
celebró la ceremonia de ingreso, me enamoré a primera vista de una chica.
Piel blanca, rasgos delicados
y un largo cabello negro y lustroso. Sus gafas de montura roja eran llamativas,
y de ella emanaba una inteligencia que no parecía propia de una compañera de
clase.
Cuando empezaron las clases
del primer trimestre, en el salón comenzaron a formarse grupos de manera
natural.
Por lo general, uno se juntaba
con amigos de la primaria, compañeros de club o con quienes le habían tocado
cerca en el aula; yo, como además había entrado al club de básquetbol, pasaba
los recreos con los miembros del equipo.
Pero ella era distinta.
No pertenecía a ninguna
actividad extracurricular, no parecía hablar con quienes se sentaban delante,
detrás o a sus lados, y ni siquiera tenía trato con personas de la misma
primaria que ella.
Ella no pertenecía a ningún
grupo, y durante los recreos leía tranquilamente un libro.
Al principio del ingreso hubo
varias personas que intentaron acercarse a ella, pero su actitud, por más
generoso que uno fuera, no era la de alguien con quien pudiera forjarse una
amistad; con el paso de los días, su aislamiento se hizo todavía más profundo.
Yo también quería acercarme a
ella de alguna manera, pero, al estar siempre sola, imponía una barrera difícil
de franquear, y sin darme cuenta terminé viéndola como una flor en la cima de
una alta montaña, fuera de mi alcance.
No tenía ningún tema para
hablar con ella ni siquiera el valor para saludarla. Cuando me di cuenta, mis
días se habían reducido a limitarme a seguirla con la mirada. —Pero incluso a
mí me llegó un punto de inflexión.
En el sorteo para cambiar de
asiento, realizado después de los exámenes parciales, tuve la fortuna de sacar
el puesto a su lado. …Pero, si no podía conversar con ella, de nada servía
sentarme junto a ella.
Al mover el pupitre y la silla
para sentarme a su lado, me puse a pensar desesperadamente en un tema de
conversación.
Como resultado, yo, que no
sabía nada y ni siquiera tenía la mínima delicadeza, metí de lleno el pie en un
asunto delicado de ella en el que no debía hurgar.
No, más bien era algo tan
impactante para mí en ese momento que no podía simplemente hacer como si no
existiera.
«¿Y esa herida... qué pasó?»
Al notar la anomalía en su
«muñeca», abrí la boca antes de pensarlo.
Grabadas en su muñeca había
innumerables cicatrices.
Ella abrió mucho los ojos ante
mi pregunta y, por un instante, se sorprendió. Justo después, con una expresión
como de alivio, dejó asomar apenas unas lágrimas y sonrió con suavidad.
Cortes en la muñeca:
autolesión, el acto de cortarse la propia piel con un objeto punzante.
Las razones para
autolesionarse son diversas, pero dicen que muchas personas recurren a ello
para obtener estabilidad emocional.
Ella también era una de esas
personas que se cortaban las muñecas en busca de estabilidad mental.
A la pregunta que le hice, al
principio respondió de manera concisa: «Me la hice yo misma», pero cuando le
pregunté además por el motivo, su expresión se ensombreció. Después de unos
segundos de silencio, me contó que no había tenido suerte con el ambiente
familiar y que había empezado a autolesionarse como forma de liberar el estrés
que le generaba aquella vida.
Mientras escuchaba con
seriedad su historia como si fuera la mía propia, me di cuenta de que, en
apenas unos minutos, ella había empezado a abrirme su corazón.
Al parecer, por culpa del
ambiente en su casa había caído en la desconfianza hacia los demás, y en el
aula también temía relacionarse con sus compañeros y los evitaba. Pero descargó
ante mí el cúmulo de sentimientos que llevaba dentro, diciendo que le resultaba
insoportablemente doloroso estar aislada no solo en casa, sino también en la
escuela.
A partir de ese día, ella
comenzó a hablarme de manera activa.
Sus quejas y consultas sobre
el ambiente familiar, y además temas sobre estudios y aficiones, se fueron
acumulando día tras día, y la distancia entre nuestros corazones se redujo
rápidamente.
Desde allí hasta que ella y yo
empezamos a salir, no pasó tanto tiempo.
En las clases que requerían
cambiar de aula, siempre íbamos juntos; a la hora del almuerzo solo
conversábamos los dos, y cada vez fueron más los días en que hasta los recreos
los pasábamos a solas.
Como yo, por los
entrenamientos del club de básquetbol, no podía sacar tiempo para salir ni
entre semana ni los fines de semana, me quedaba a su lado en la escuela como
forma de compensarlo.
Una vida inocente, dulce y
ligeramente melancólica, propia de unos adolescentes comunes. Viéndolo ahora,
seguramente, al pasar tanto tiempo juntos, nos volvíamos dependientes el uno
del otro.
A medida que el tiempo con
ella aumentaba, mis relaciones con los amigos iban disminuyendo poco a poco;
aunque sí llegué a sentir cierta lejanía, no me parecía especialmente duro
porque ella estaba a mi lado.
Sin embargo, la felicidad
nacida de las relaciones humanas es sorprendentemente frágil, y con un pequeño
desencadenante puede llegar a terminar de forma abrupta.
Un día libre total de club,
fui a nuestro tan esperado primer encuentro con ella a un centro comercial
cercano para comprar libros de ilustradores, una de sus aficiones.
Todavía recuerdo muy bien su
imagen apareciendo en el lugar de encuentro, vestida de pies a cabeza con
prendas de base negra: un vestido, medias hasta la rodilla y zapatos con
plataforma y cordones.
En lugar de las gafas de
montura roja, llevaba lentillas que hacían que sus ojos oscuros parecieran más
grandes, y bajo los ojos se había dado un leve tono con sombra de ojos roja.
Aunque me desconcertó un poco
que tuviera un aire bastante distinto al habitual, me ganó por completo la
alegría de conocer su lado privado, y por dentro me sentí secretamente feliz.
Durante un rato después de
empezar la cita, de verdad fui feliz.
Después de cumplir nuestro
objetivo en la librería, llenamos el estómago en el patio de comidas y
recorrimos las instalaciones entre charlas y risas. —Sin embargo, en medio de
todo eso ocurrió un incidente.
Una llamada de una chica de la
infancia hizo vibrar mi teléfono.
Fue entonces cuando, por
primera vez, me vi cara a cara con la «particularidad» de ella.
Ella, en el pasillo del centro
comercial, de pronto rompió a llorar y gritar.
Al parecer, al enterarse de
que yo había estado en contacto con otra chica además de ella, perdió el
control.
Intenté hablarlo allí mismo,
pero mi voz apenas llegaba a sus oídos; con el tiempo logré que por fin me
entendiera, aunque este incidente abrió una gran grieta en nuestra relación.
Desde aquel hecho, ella empezó
a controlarme de manera obsesiva.
Si yo hablaba aunque fuera un
poco con otra chica en el aula, lloraba y gritaba sin preocuparse por las
miradas ajenas; y en los peores momentos, sacaba un cúter del estuche y
deslizaba la hoja sobre su propia muñeca.
Mis compañeros de clase
empezaron a encontrarla espeluznante, y las miradas dirigidas hacia nosotros se
volvieron todavía más frías que antes.
Ella parecía no preocuparse en
absoluto por esas miradas, pero para mí, que todavía era muy inmaduro
mentalmente en aquella época, la situación era insoportable.
Así, llegué al límite y, una
tarde después de clases, la llamé al aula y le dije que quería terminar. Pero
no me dejó irme tan fácilmente.
Ella lanzó un grito que no
llegaba a ser palabra y llegó incluso a intentar suicidarse.
Gracias a que un profesor
acudió a tiempo, se evitó lo peor, pero el recuerdo de aquel día quedó grabado
con crudeza en mi mente.
Después de eso, ella no volvió
a presentarse en la escuela ni una sola vez durante cerca de medio año, hasta
que terminó primero.
Yo, aun siendo un niño, sentía
responsabilidad y me preocupaba por ella, que había dejado de ir a clases; pero
como no podía comunicarme con ella ni sabía dónde vivía, al final no pude hacer
gran cosa.
El primer día en que fui a
clases después de pasar a segundo, busqué su nombre en la lista de distribución
de grupos pegada en el pasillo, pero no lo encontré; al preguntarle a un
profesor, me respondió solo con una frase: «Se cambió de escuela».
...Y bueno, esos son mis
recuerdos de la primera novia que tuve.
Desde el día en que rompimos
no he vuelto a verla ni una sola vez, y ahora tampoco quiero verla.
Solo hay una cosa: ella dejó
una «herida» para toda la vida en mi corazón.
Se trata de un trauma hacia
las «chicas menhera».
Menhera: persona con problemas
de salud mental.
Un estado en el que se carga
con algún tipo de problema en el corazón y la mente se encuentra inestable.
La palabra «menhera» la conocí
después de separarme de ella, a partir de unas conversaciones casuales que
tenía con el club de básquetbol.
Al investigar con más detalle,
descubrí que en su personalidad y en su manera de actuar había muchos rasgos
que coincidían con las características de una menhera; después entendí que
había estado saliendo con una chica menhera.
Pesadas, molestas, personas
con las que no conviene relacionarse: una imagen negativa que desbordaba desde
la sociedad. Aun así, en esa época mi trauma todavía era leve, y solo tenía un
pequeño rechazo hacia ese tipo de chicas.
En tercero de secundaria, tuve
nuevamente una novia.
Ella tenía una personalidad
alegre, muchos amigos y una buena reputación; era una alumna ejemplar. Nos
hicimos cercanos a raíz de que coincidimos en un comité.
Empezó a pedirme consejos
amorosos porque le gustaba alguien del club de básquetbol, y, a medida que
seguíamos hablando, parece que su interés romántico se desplazó hacia mí; me
confesó sus sentimientos y empezamos a salir.
Pero aquella relación terminó
apenas tres semanas después.
En la fecha prevista para la
cita surgió de improviso un partido de básquetbol, y como prioricé el club,
ella entró en histeria, así que le dije que debíamos terminar.
La última vez que tuve novia
fue en primero de preparatoria.
Ella trabajaba a tiempo
parcial en una tienda de ropa, y nuestra relación se fue profundizando a medida
que me pedía consejo sobre los problemas humanos en su trabajo, hasta que
terminó convirtiéndose en noviazgo.
Sin embargo, esa relación duró
todavía menos que la segunda: solo una semana.
Después de que revisara por su
cuenta el contenido de mi teléfono y borrara todos mis contactos del sexo
opuesto, sentí un miedo insondable y corté la relación con ella como quien
huye.
El trauma leve que sentía
hacia las chicas menhera fue creciendo poco a poco cada vez que sufría una
desilusión amorosa, y después de terminar con mi tercera novia llegó al punto
de que me producía rechazo.
En medio de todo eso,
inevitablemente me vi obligado a adoptar cierto prejuicio.
Las tres chicas menhera con
las que salí tenían dos características en común.
Dos características: «moda de
tipo landmine[1]»
y «cicatrices por cortes en la muñeca».
Hay quienes disfrutan
incorporando a propósito la moda landmine, y también habrá quienes, por un
simple impulso o por una imprudencia juvenil, hayan intentado cortarse las
muñecas.
No debería asumirse, en
principio, que una persona es una menhera solo por tener esas características.
……Pero un prejuicio que una vez se ha arraigado no se borraba tan fácilmente.
Como me formé un prejuicio y
empecé a sentir rechazo hacia quienes vestían moda landmine y hacia quienes
tenían cicatrices de cortes en las muñecas, al ver a alguien con esas mismas
características comencé a tomar distancia de manera deliberada, evitando por
completo relacionarme.
Sin embargo, por más que uno
evite esas dos características, en el mundo siguen existiendo muchas menhera
que no tienen aspecto landmine ni experiencia de haberse cortado las muñecas.
Tras haber terminado mi
relación en primer año de preparatoria, me volví reacio al romance y, poco a
poco, también empecé a evitar incluso relacionarme con chicas que no
presentaban ninguna de esas características.
Aunque llegara a salir con
alguien, me daba miedo pensar que el resultado volvería a ser el mismo.
Mi amiga de la infancia, que
conoce bien todo lo que he vivido hasta ahora, me dice que fracaso porque
escucho los problemas de cualquiera sin distinción.
Es cierto que tengo un
carácter incapaz de rechazar a quien me pide consejo, y termino pensando que
debo resolverlo de algún modo y ayudar. Pero no puede decirse sin más que sea
un mal rasgo, y además es difícil corregirlo.
Seguro que el amor, en sí
mismo, no es para mí.
No podía siquiera imaginar un
futuro en el que superara mis traumas, ni verme saliendo con alguien.
[1] Se
traduce como "estilo tipo mina terrestre". Este estilo combina
prendas hiperfemeninas y "tiernas" (kawaii), como encajes, volantes y
cintas, con una paleta de colores oscuros y melancólicos, y un maquillaje
diseñado para proyectar una imagen de fragilidad, tristeza o inestabilidad
emocional. En mi caso diría que es el estilo loli gótico, escucho sugerencias
para cambiar términos para el pdf.
